miércoles, 1 de julio de 2009

La reconstrucción


En 1940 comenzó a gestarse la idea de reconstruir íntegramente la Casa de la Independencia. Por un proyecto de ley presentado por el Diputado Nacional por Tucumán, Ramón Paz Posse, se aprobó la obra. La mayor dificultad para realizar la obra fue la falta de documentación gráfica para encarar la reconstrucción. Buschiazzo, especialista en la materia y el 17 de abril de 1942 se inició la demolición del Templete. Hubo resistencias y críticas. Buscchiazzo no se amilanó; realizando, lo que hoy se llama "arqueología colonial" y sobre la base de los antiguos planos, inició excavaciones de sondeo en busca de los antiguos cimientos. Estos aparecieron en el lugar donde lo había indicado; de tal manera, como él mismo manifestó: "la batalla estaba ganada".Buschiazzo consiguió elementos arquitectónicos originales del S. XVIII para la reconstrucción de la Casa. Adquirió primero 4 rejas, 12 pilares y 12 puertas de una casa colonial que se estaba demoliendo en ese entonces - la del Obispo Piedrabuena -, y el resto de los materiales los obtuvo de corralones, reduciendo de esta forma al mínimo las imitaciones modernas.

La casa hoy


Ofrece al visitante una recorrida por sus salas en donde pueden observar varios elementos que se usaban en la época y posteriores a la misma. En la sala Virreinal los objetos permiten recrear la vida cotidiana, durante es período. : Las arraigadas creencias religiosas de la sociedad virreinal están presentes en las pinturas de la Virgen de La Merced y San Francisco Javier, entre otras, e imágenes de diversas advocaciones como la del "Cristo crucificado" S. XVII, Angel", tallado en madera y la "Santa Rita de Casia". Entre los diversos objetos de la época sobresale: utensilio indígena de piedra; espadas; Candelabros y la Campana de bronce de la Misión jesuita del Bañado de Quilmes con la inscripción "La Concepción - 1734".
En la sala dedicada al reformismo y transformación de la América española se exhiben la efige y escudo real, símbolo del poder monárquico, como así también monedas, sellos y timbrados de la corona española. Mientras que en la sala Asamblea del año 13 se observan carabinas, pistolas, sables y vainas que sirvieron para pelear por la independencia. La sala 4, está dedicada a la batalla de Tucumán, donde se puede ver la mesa, la silla, que utilizó el general Manuel Belgrano en su estadía en Tucumán. Otra de las salas que sobresale es la del Congreso de 1816, donde se encuentran verdaderas reliquias históricas, como la Biblia sobre la cual juraron los congresales, uno de los candelabros que iluminaron la independencia y las actas secretas de las sesiones.
El salón de la jura de la Independencia es el que único que se conserva intacto desde 1816. Todo está como entonces. En la tarima: se encuentra la mesa sobre la cual se firmó el Acta, los sillones del Presidente de la Magna Asamblea, Dr. Francisco Narciso Laprida, y de los Secretarios del Congreso: Juan José Passo y Mariano Serrano. El crucifijo, colocado sobre el dosel, presidió las sesiones. Los muros blanqueados son de adobe. Las vigas del techo son trabajadas a mano. Las baldosas son las auténticas del S. XVIII. Las puertas, ventanas y rejas son también originales de la Casa, de este salón donde nació la Patria. Sobrecoge y emociona esta sala, que mueve a rememorar las discusiones, las voces, la presencia de aquellos hombres, miembros del primer Congreso independiente de la Nación.
Faltan sólo los hombres que estuvieron allí cubriendo el espacio central, hace más de 180 años. Pero quedan aprisionados entre los viejos muros, los ecos de aquellas voces de libertad que dieron origen a la patria grande. Visitar la casa histórica en este mes de julio no es sólo una obligación, sino también una necesidad, porque en los tiempos que se viven urge contagiarnos de aquel espíritu patriótico de aquellos 18 congresales que hicieron grande a la Argentina, para volver hacer de nuestro país, lo que siempre fue, una próspera y pujante Nación.

LA FERIA DE SIMOCA


Invita no solo a comer empanas y locro, sino también a sumergirse a un apasionante viaje al pasado. Los sulkys sobresalen sobre los autos y camionetas cuatro por cuatro y los vendedores pesan sus mercadería con balanzas a básculas en lugar de las electrónicas que abundan en los supermercados.
Por CARLOS QUIROGA

Fotos: JULIO CARRIZO

Cada sábado la localidad de Simoca, ubicada a 50 kilómetros al Sur de la Capital tucumana, abre sus puertas al visitante y lo invita a sumergirse en un apasionante viaje al pasado. Los sulkys transitan las calles con su rítmico traqueteo y su cansino andar tirado por nobles caballos. Este vehículo tradicional convertido en el compañero inseparable de la gente, es profundamente simoqueño A tal punto que los lugareños bromean diciendo: “Aquí los semáforos son para ordenar el tránsito de los carros a tracción a sangre”. Los vendedores prefieren usar las balanzas a básculas para pesar sus mercaderías, que las de alta de precisión que invaden los supermercados y la principal avenida está iluminada por faroles coloniales, como los que usaron los congresales de 1816 para alumbrar la declaración de la independencia. Está alquimia de imágenes no tarda en posesionarse del forastero y hacerlo sentir que ha retrocedido 200 años a tras y a medida que se comienza a recorrer la feria, esa sensación lo invade cada vez más. Y como muestra de ello basta ver sacar la tierra de los ranchos con escobas de afata y no con lustraspiradoras, como lo hacen las amas de casa del siglo XXI: “Aquí poco y nada sabemos de esas cosas modernas, pero loe aseguro que barrer sabemos”, dice sonriente don José, mientras abraza su escoba, como si estuviera bailando un vals. La magia del pasado volverá a abalanzarse sobre el turista, cuando la mesera de un rancho le pregunte si prefiere el café, con leche de cabra o vaca: “Mire que aquí tenemos a las dos para ordeñar”.

Capital del Sulky


Con los primeros rayos de luz, comienzan a llegar decenas de sulkys, cargados con huevos, gallinas, lechones, quesos, empanadillas y rosquetes. Estos vendedores ambulantes vienen de localidades vecinas, como Los Juárez, Buena Vista, Polial, Río colorado y Los Pérez. Han traído para la feria lo mejor de su producción y mientras dure, mantendrán viva la esperanza que con las ventas que obtengan, lograrán subsistir hasta el próximo sábado. Los chanchos vivos de 9 a 13 kilos, se cotizan entre 15 y 22 $, las gallinas 4,50 y la docena de huevos 2 $. “Desde el miércoles que estoy preparando las empanadillas y los rosquetes - dice doña María- espero tener suerte y vender todo, sino de que vale la pena tanto sacrificio”.
La Feria se extiende a lo largo de seis cuadras y en el predio se erigen varias decenas de ranchos típicos, donde se expenden comidas tradicionales: locro, tamales, empanadas, chorizos, lechones asados a las brasas, tableta de miel de caña, alfeñiques, empanadillas y el clásico pastel de novia. Otras exquisiteces que se venden son arrope de chañar y de tuna, patay, cigarro de chala aromatizados con anís y cáscara de naranja. Cuenta además, con ranchos para la comercialización de frutas y hortalizas, para las distintas artesanías (en cuero, hueso, madera, plata, tejido), y un rincón del predio destinado a la venta de animales vivos
La construcción de los sulkys en el que se trasladan los productores como si fueran autos último modelo, es artesanal, siendo muy utilizada para su elaboración, la madera del "pacará", árbol que abunda en la región. En Simoca, existen diversos talleres especializados en el armado y mantenimiento de los peculiares carruajes. Además, la ciudad le rinde homenaje a este transporte antiquísimo, con el monumento que adorna la entrada principal.

Cuna del folklore


Curiosamente Simoca, no trascendido las fronteras por la feria en sí, sino por haber sido el primer consumidor de bebidas alcohólicas del mundo, así lo reflejó la revista Selecciones, cuando realizó una estadística al respecto. “Eso no significa que seamos unos borrachos empedernidos – afirman los lugareños – no vamos a negar que en Simoca se compra bebidas alcohólicas por mayor, lo que sucede es que de aquí se distribuye para otros pueblos, incluidos localidades catamarqueñas y de allí que las estadísticas den ese resultado. Aquí sólo tomamos vino para la misa”.
Simoca ha sido bautizada como “Cuna del Folklore” y a decir verdad no se equivocan, porque es común encontrar en casi todos los ranchos una guitarra, un Baldeón y un bombo que esperan a los forasteros para poner ritmo de zamba o chacarera al lugar. Y para las vacaciones de julio se construye allí un inmenso escenario que alberga a folkloristas que se llegan de distintas partes del país para estar allí.
Hoy la Feria de Simoca, que había comenzado como un mercado de productos de la tierra, alberga también a otro tipo de vendedores que comercializan ropas, artesanías y baratijas en el predio de la ex estación ferroviaria: “Señora pase y elija y si no tiene plata, déjenos a su hija”, se escucha vocear a un hombre que ofrece ventiladores santiagueños (pantallas hechas con hojas de totora). , Que se justifica diciendo “ahora tengo que recurrir a estos trucos, porque cada vez, se hace más difícil vender. Usted no sabe lo que era esta feria hace algunos años atrás. Una verdadera mina de oro. Yo recuerdo que los huevos no se vendían por docenas, sino por centenas. Los huevos estaban apilados en montañas que tenían hasta un metro y medio de altura y estaban apoyados en malvas (una hierba típica de la zona) para que no se rompan. “Es cierto- asegura otro puestero- yo todavía conservó fresco en mi memoria cuando los santiagueños viajaban especialmente a Simoca a vender sus pescados, los traían en yoles (tinajas de barro con agua saladas) para mantenerlos frescos. Qué tiempos aquellos, que no volverán”
La crisis económica por la cual atravesó el país y la proliferación de los centros comerciales en las localidades vecinas le han quitado a Simoca el protagonismo comercial de aquella época. Pero hoy al igual que ayer los vendedores siguen firmes intentado vender sus productos: “Si nos quitan está posibilidad nos morimos”, dice don Gelasio Paz, de 83 años que llegó a la feria cuando era apenas un niño, para ayudar a su mamá con la venta de arrollados de chancho.

LA HISTORIA DE LA FERIA


Según cuenta la leyenda, la feria se inicio con la llegada de los padres franciscanos a la zona. La misa de los domingos congregaba a todas las localidades vecinas y como los caminos eran bastante malos en esa época (1.600) los fieles llegaban el día anterior y se juntaban bajo las sombras de un pacara a esperar la celebración litúrgica. Mientras tanto aprovechaban para armar fogones y guitarreadas y como consecuencia de ello surgió un intercambio o trueque de productos y fue precisamente ese hecho, el que dio origen a la feria.
Por esa época también, el traslado de San Miguel de Tucumán a su actual emplazamiento, implicó la reestructuración de los caminos, dando origen a una nueva ruta, que siguiendo desde el centro de la llanura hacia el sur, pasaba por Simoca y unía a la antigua ruta que iba desde Ibatín hasta Santiago del Estero. De este modo, Simoca, se transformó en una parada obligatoria, convirtiéndose en Posta Nacional. Hacia el año 1700, Simoca ya era una villa.En el año 1728, la zona se entregó al Capitán Diego de Molina, quién levantó la primera plaza frente al precario templo construidos por los franciscanos. Ya en el siglo XIX, la Posta de Simoca, era un lugar de reunión sabatina, pues la feria se consolidó como una cita impostergable. Asimismo, el tránsito de carretas enriquecía el intercambio de productos.
El ferrocarril que arribó a la zona, llegó a tener tal movimiento de pasajeros con motivo de la Feria, que debió levantarse y trasladarse a la ya existente Parada de Simoca, la Estación de Güemes, entre los años 1876 y 1880.Con el ferrocarril, llegaron también los primeros inmigrantes, los que le dieron una nueva fisonomía a la feria.

lunes, 1 de junio de 2009

HISTORIA DE HACHEROS


Abrumados por la necesidad y castigados por el olvido, más de 10 mil hacheros se internan en el monte santiagueño, e inclusive hasta ponen en riesgo su vida con un único objetivo: regresar cargados de postes de quebracho colorado, para poder llevar a su familia un salario digno, aunque saben que por más esfuerzo que pongan nunca dejarán de ser pobres.

Por CARLOS QUIROGA
Fotos: Gustavo Tarchini

Viven prácticamente a la intemperie, el campamento no es más que una lona sobre unas cumbreras que les dio el monte, al igual que los palos donde improvisan sus camastros. Allí en condiciones casi infrahumanas abrazan sus sueños y descansos, y son conscientes de que la mordedura de una víbora no les daría mayores posibilidades de vida, porque están alejados de toda civilización y que para poder ser asistidos por un médico deberán transitar por una huella tortuosa usando como único medio de transporte una bicicleta y que a decir verdad para esa altura la fiebre no los dejará pedalear, así que no tendrán otro remedio que encomendarse a los preparados mágicos de algún curandero de la zona y rogar a Dios que la pócima haga el milagro.
La fiebre por el quebracho colorado empezó a principios del siglo XIX, cuando se comenzó a trazar la vía férrea que uniría el norte con el sur y traería progreso y prosperidad para los pueblos del interior. “Es una madera más fuerte que el acero, por eso de aquí en más los durmientes van a ser exclusivamente de quebracho”, dijeron las autoridades del ferrocarril y cientos de santiagueños abandonaron sus antiguos asentamientos para partir tras una nueva quimera, que los llevó a deambular por los lugares más inhóspitos y recónditos de la extensa geografía provincial. Dejaron esposa e hijos y la tierra que aunque fuera ajena le alcanzaba para cubrir su sustento. .¿Valió la pena tanto sacrificio?: “No- sostiene terminante - Luis Garay, historiador e investigador de la problemática hachera- . Hoy los quebrachos que fueron sacrificados en beneficio del progreso que traería el ferrocarril yacen en una vía muerta que hace ya tiempo ha dejado de ser transitada por el tren. Ese falso progreso que nunca llegó se llevó a todo a cambio de nada. Dejó el monte desbastado, miseria y desarraigo”.
El olvido de los hacheros fue una constante para la industria forestal y los gobiernos santiagueños. Para que construir poblaciones estables si ,por la propia característica del obraje, iban a tener una vida efímera?.-Para que dotarlas de agua corriente, luz eléctrica, caminos, escuelas, polideportivos, etc. si pronto extinguido el bosque de la zona y depredada totalmente su fauna era necesario levantar todo, y comenzar desde un principio, en otra zona virgen forestal?.-.
EN EL MONTE ES TODO HACHA
Alhuampa ,ubicada a 220 kilómetros al noroeste de la capital santiagueña, en el departamento Moreno .es un ejemplo de esa política devastadora. . Allí conviven 383 habitantes que se quedaron con la ilusión del progreso y que recién conocieron la luz eléctrica en 1997. Gabriel Arcángel Galván, a quien todos en el pueblo conocen como “Vizcacha” recuerda con impotencia cuando la riqueza se cargaba en forma de árbol y el sonar de hachas no cesaba: “Ahora en cambio nos tenemos que ir cada vez más monte adentro para conseguir un quebracho. Lo triste de todo esto es que aquí no sabemos otra cosa que hachar. Tanto es así que en Alhuampa sólo tres personas no se dedican al obraje, el pocero, el tractorista y el puestero de una estancia. Todos los demás vivimos del monte”.
Ramón Ernesto Galván(34),“Sado” para los amigos, asiente resignado las palabras de su compañero. Hace un par de años le detectaron Chagas- , -lo que muchos no dudan en calificar como “el sida del sub desarrollo”- que justamente ataca más en esta franja social, a los que habitan en viviendas de tipo rancho. “La doctora me prohibió los esfuerzos físicos- dice- y qué voy a hacer aquí, no hay otra cosa, aquí es todo hacha..Ahora me tengo que conformar con ayudar con lo que puedo y haciendo el mínimo esfuerzo”.
Aunque no lo quieran reconocer, por temor a quedar sin trabajo, el resto los hacheros sabe que no están exentos de seguir los pasos de Sado y resignados por la falta de otra fuente de trabajo se internan una vez por mes entre la espesura del follaje de los quebrachos para ganarse con el sudor de su frente el sustento. Ellos no conocen de descanso, ni feriados y el mes no comienza el 1 como para el resto de los mortales, sino con el proceso de desarbustado. Durante esa primera semana deberán limpiar el monte para cuando caigan los árboles no se estorben entre sí. Luego vendrá la tala, que por cierto ya no es tan dura como antes cuando se hacía con hacha , ya que la motosierra les permite ahorrar fuerzas y ganar tiempo. Los que tienen oficio sostienen que ahora pueden voltear 40 árboles en 1 día.
Una vez que los quebrachos yacen en el monte, el hacha volverá a ser la protagonista de sus jornadas de trabajo y con mucho cuidado sacarán la corteza hasta dejar al quebracho al rojo vivo. Luego labrarán la madera en forma prolija hasta dejar un poste perfecto. Algunos no quieren que su trabajo se reduzca solo a la paga, por eso estampan su firma en el poste, para que su esfuerzo perdure en el tiempo.
Finalmente procederán a sacar los postes por una huella , solo transitables para las mulas y las zorras, que la llevarán hasta la picada principal donde los cargarán en un acoplado tirado por un tractor que los llevará hasta el playón.
CARENCIAS Y DESENCATOS
Hoy las hachas fueron reemplazadas por las motosierras en el proceso de talado, pero lo que no cambió son las condiciones de vida de los hacheros, que siguen viviendo al igual que en el siglo pasado, en condiciones infrahumanas. El mobiliario del hachero se reduce a una mesa pequeña, la zorra, la olla , un jarro y la escopeta vieja. Y como artículo de máximo confort del campamento sobresale una radio, que le permitirá estar informados de lo que sucede en el mundo exterior y seguir de cerca los resultados de su equipo de fútbol.
Una vez por semana el obrajero (él que compra la madera producto de su esfuerzo) le lleva la mercadería y 200 litros de agua potable que deberá hacer alcanzar hasta la próxima entrega. Por supuesto que la comida no es muy nutritiva, se basa en fideos, arroz y cuanto animal se cruce en su camino: corzuela, conejo, quirquincho, charata y chancho del monte. La poca carne vacuna que consumirán será en forma de charqui, la única manera de mantenerla fresca. Y si quieren comer pan del día, no les quedará más remedio que amasarlo con sus propias manos, porque buscar una panadería en medio del monte es una utopía.
En el invierno soportan temperaturas entre 7 y 10 grado bajo cero y la única manera de sentirse abrigados es estar a la par de la fogata, en donde arderán con facilidad esos leños de quebracho blanco: “Vio de sabio que es el monte que hasta nos cobija del frío”, afirma, sonriente Alejandro Castillo. Y en verano cuando el calor se hace sentir las temperaturas rondarán los 40 a 45 grados, sin un ventilador que los refresqué y sin la posibilidad de tomar una bebida fría que los reanimé ya que la luz eléctrica por esos lados sigue siendo una promesa del progreso que nunca llegó. El verano es un infierno en el monte santiagueño, por eso quieran o no deberán tomar un receso hasta que el calor amaine y regresar a fines de febrero o primeros días de marzo.
La soledad en el monte se hace sentir:” No hay nadie con quien conservar, excepto tu compañero, a quien durante la primera semana ya les ha contado todo, con pelos y señales y te conoce como si te hubiera parido.- sostiene Sado- Si ves una mujer seguro es producto del delirio de la fiebre o de un espejismo. Aquí en el monte no hay nada, tan solo el recuerdo de lo que era el amor”.
“La historia de los hacheros está hecha de manos gastadas, de carencias, de rostros curtidos, con ojos resignados de tanto ver como el sudor de sus afanes , engorda y engorda bolsillos ajenos- afirma Luis Garay-.Es una historia labrada a golpes de hacha, que traza un círculo perfecto donde todo vuelve a empezar. Hijos de hijos de hacheros se suceden en un espiral que no tiene fin, al igual que su pobreza”. Así inclusive lo refleja Horacio Guaraní en la Canción del Niño hachero: “Cuando Crezca mi chango será un hachero. Siempre sol, nunca luna, vida de obrero. Destino de andar triste de enero a enero”.
“El hachero por definición es un hombre errante. Padre ausente, marido por 6 días al mes y deudor eterno”, concluye Garay.
Por eso Luis Landriscina que conoce de cerca las carencias y sufrimientos de estos hombres de rostros tristes, de manos y piel curtidas por el frío y el viento, escribió un poema al hachero santiagueño, en donde se refleja el sentir de este periodista y seguramente de usted lector: “Quisira encontrar el hacha para que talemos juntos el árbol de la injusticia. Para que engorde el jornal y hacer creer tus derechos. Dos hachas no son gran cosa, pero juntos ya veremos. Si somos muchos talando, capaz que tiemble el cielo”. Que esta nota sirva para que pronto derribemos juntos estas injusticias. Que así sea.